lunes, octubre 10, 2005

“Las Enseñanzas De Don Juan: Una Forma Yaqui De Conocimiento”.

Comentarios Del Autor En Ocasión Del Trigésimo Año De La Publicación De
“Las Enseñanzas De Don Juan: Una Forma Yaqui De Conocimiento”.

Las enseñanzas de don Juan: una forma yaqui de
conocimiento se publicó por primera vez en 1968
(primera edición en español en 1974, FCE). En ocasión
del trigésimo año de su publicación, me gustaría hacer
algunas aclaraciones acerca de la obra misma y
formular algunas conclusiones generales con respecto
al tema del libro, a las que he llegado tras años de
esfuerzos serios y consistentes.
El libro fue el resultado de un trabajo antropológico
de campo que realicé en el estado de Arizona, EUA, y
en el estado de Sonora, México. Cuando me encontraba
dedicado a cursar mis estudios de graduado en el
Depto. de Antropología de la Universidad de
California, LA, por casualidad conocí a un viejo
chamán, un indio yaqui del estado de Sonora, México.
Su nombre era Juan Matus.
Consulté a varios profesores del Depto. de
Antropología acerca de la posibilidad de hacer trabajo
de campo antropológico sirviéndome del viejo chamán
como informante clave. Cada uno de esos profesores
trató de disuadirme basándose en su convicción de que
antes de pensar en hacer trabajo de campo tenía que
darle prioridad a los cursos de requisito académico en
general, y a las formalidades de mis estudios de
graduado, tales como los exámenes escritos y orales.
Los profesores tenían toda la razón. No tenían que
persuadirme para que atendiera la lógica de sus
consejos.
Había, sin embargo, un profesor, el doctor Clemente
Meigham, que abiertamente incitó mi interés en hacer
trabajo de campo. Es a él a quien debo dar crédito
total por haberme inspirado a llevar a cabo la
investigación antropológica. Fue el único que me
impulsó a sumergirme tan profundamente como pudiera en
la posibilidad que se había abierto para mí. Su
exhortación se basaba en su experiencia personal en el
trabajo de campo como arqueólogo. Me dijo que lo que
había descubierto a través de su trabajo era que el
tiempo apremiaba y que quedaba muy poco antes de que
áreas de conocimiento enormes y complejas, alcanzadas
por culturas en declinación, se perdieran para siempre
bajo el impacto de la tecnología y las corrientes de
filosofías modernas. Me dio como ejemplo el trabajo de
algunos antropólogos conocidos de fines del siglo XIX
y principios del siglo XX, quienes coleccionaron datos
etnográficos sobre las culturas indígenas americanas
de las llanuras, o de California, tan rápido y tan
metódicamente como fuera posible. Su prisa era
justificada, porque dentro de una generación las
fuentes de información acerca de la mayoría de esas
culturas indígenas fueron arrasadas, sobre todo entre
las culturas indígenas de California.
Al mismo tiempo que ocurría lo anterior, tuve la buena
suerte de tomar clases con el profesor Harold
Garfinkel, del Depto. de Sociología de la UCLA. Él me
proveyó con el paradigma etnometodológico más
extraordinario, en el cual las acciones prácticas de
la vida cotidiana eran tema auténtico para el discurso
filosófico, y cualquier fenómeno que se encontrara
bajo investigación debía ser examinado bajo su propia
luz, y de acuerdo a sus reglas y consistencias
propias. Si había algunas leyes o reglas a establecer,
éstas tendrían que ser propias al fenómeno mismo. Por
lo tanto, las acciones prácticas de los chamanes,
vistas como un sistema coherente con sus propias
reglas y configuraciones, eran tema digno de una
investigación seria. Tal investigación no tenía que
ser sometida a teorías elaboradas a priori, ni a
comparaciones con el material obtenido bajo los
auspicios de un fundamento filosófico diferente.
Bajo la influencia de estos dos profesores, me
involucré profundamente en mi trabajo de campo. Las
dos fuerzas que me impulsaban, que venían de mi
contacto con estos dos hombres, eran: que le quedaba
muy poco tiempo a los procesos de pensamiento de las
culturas indígenas americanas antes de que todo se
perdiera en el revoltijo de la tecnología moderna; y
que el fenómeno bajo observación, sea lo que fuere,
era un tema genuino para la investigación y merecía el
mayor esmero y seriedad de mi parte.
Me sumergí tan profundamente en mi trabajo de campo
que estoy seguro de que, en última instancia,
desilusioné a la misma gente que me patrocinaba.
Terminé en un campo que era tierra de nadie. No era
tema de la antropología o la sociología, la filosofía
o la religión. Había seguido las reglas y las
configuraciones propias del fenómeno, pero no había
tenido la capacidad de salir a la superficie en un
lugar seguro. En consecuencia, arriesgué mi esfuerzo
total al caerme de las escalas académicas apropiadas,
las que miden su valor o carencia de él.
La descripción irreductible de lo que realicé en mi
trabajo de campo consistiría en decir que el chamán
yaqui don Juan Matus me introdujo en la cognición de
los chamanes del México antiguo. Por cognición, se
entienden los procesos responsables de la conciencia
de la vida cotidiana, procesos que incluyen la
memoria, la experiencia, la percepción y el uso
experto de cualquier sintaxis dada. El concepto de
cognición era, en ese momento, el obstáculo más
poderoso para mí. Era inconcebible para mí, como
hombre intelectual de Occidente, que la cognición, tal
como la define el discurso filosófico de nuestro
tiempo, pudiera ser algo más que un asunto homogéneo y
omniabarcante para la totalidad de la humanidad. El
hombre occidental está dispuesto a considerar
diferencias culturales que explicarían maneras
singulares de describir fenómenos, pero las
diferencias culturales no podrían explicar que los
procesos de la memoria, la experiencia, la percepción
y el uso experto de la lengua fueran distintos a los
procesos que conocemos. En otras palabras, para el
hombre occidental sólo existe la cognición como un
grupo de procesos generales.
No obstante, para los videntes del linaje de don Juan
existe la cognición del hombre moderno y existe la
cognición de los chamanes del México antiguo. Don Juan
consideraba a estos dos como mundos enteros de la vida
cotidiana, que eran intrínsecamente distintos el uno
del otro. En un momento dado, y sin que me diera
cuenta, mi tarea cambió misteriosamente de la mera
recopilación de datos antropológicos a la
internalización de los nuevos procesos cognitivos del
mundo de los chamanes.
La genuina internalización de tales conceptos implica
una transformación, una respuesta distinta al mundo
cotidiano. Los chamanes descubrieron que el impulso
inicial de esta transformación siempre ocurre como una
alianza intelectual a algo que parece ser un mero
concepto, pero que tiene poderosas e insospechadas
corrientes de fondo. Esto fue mejor descrito por don
Juan cuando dijo: “El mundo de todos los días jamás
puede tomarse como algo personal que tiene poder sobre
nosotros, como algo que puede crearnos o destruirnos,
porque el campo de batalla del hombre no está en su
lucha con el mundo que lo rodea. Su campo de batalla
está sobre el horizonte, en un área que es impensable
para el hombre común, el área donde el hombre deja de
ser hombre”.
Él explicó esas aseveraciones diciendo que era
energéticamente imperativo para los seres humanos
darse cuenta de que lo único que importa es su
encuentro con el infinito. Don Juan no pudo reducir el
término infinito a una descripción más manejable. Dijo
que era energéticamente irreducible. Era algo que no
podía personificarse y a lo que ni siquiera podía
aludirse, salvo en términos tan vagos como Lo
Infinito.
Poco sabía yo en ese tiempo que don Juan no me estaba
dando solamente una descripción intelectual atractiva;
me estaba describiendo algo que él llamaba un hecho
energético.
Para él, los hechos energéticos eran las conclusiones
a las que él y los otros chamanes de su linaje
llegaron al involucrarse en una función que llamaban
ver: el acto de percibir energía directamente como
fluye en el universo. La capacidad de ver energía de
esta manera es uno de los puntos culminantes del
chamanismo.
Según don Juan Matus, la tarea de acomodarme dentro de
la cognición de los chamanes del México antiguo se
llevó a cabo de una manera tradicional, es decir, que
lo que me hizo fue lo que se le había hecho a todo
chamán iniciado a través del tiempo. La
internalización de los procesos de un sistema
cognitivo diferente siempre empezaba llamando la
atención total de los chamanes iniciados a darse
cuenta de que somos seres que vamos a morir. Don Juan
y los otros chamanes de su linaje creían que la
comprensión total de este hecho energético, esta
verdad irreducible, conduciría a la aceptación de la
nueva cognición.
El resultado final que los chamanes como don Juan
Matus buscaban para sus discípulos era darse cuenta de
algo que por su sencillez es tan difícil de lograr:
que somos, de hecho, seres que vamos a morir.
Por lo tanto, la verdadera lucha del hombre no está en
la lucha con su prójimo, sino con el infinito, y esto
ni siquiera es una lucha; es, en esencia, un
asentimiento.
Voluntariamente tenemos que asentir con el infinito.
En la descripción de los videntes, nuestras vidas se
originan en el infinito y terminan donde tuvieron
origen: en el infinito.
La mayor parte de los procesos que he descrito en mi
obra publicada tenía que ver con el vaivén de mi
persona como ser socializado bajo el impacto de nuevos
fundamentos. En la situación de mi trabajo de campo,
lo que ocurría era algo más urgente que una mera
invitación a internalizar los procesos de esa nueva
cognición chamánica; era un mandato. Después de años
de lucha por mantener intactos los límites de mi
persona, estos límites cedieron.
Luchar por conservarlos era un acto sin sentido, visto
a la luz de lo que don Juan y los chamanes de su
linaje querían hacer. Era, sin embargo, un acto muy
importante a la luz de mi necesidad, que era la
necesidad de toda persona civilizada: mantener los
límites del mundo conocido.
Para don Juan, el hecho energético que constituía la
piedra angular de la cognición de los chamanes del
México antiguo era que cada matiz del cosmos es una
expresión de energía. Desde su plano de ver energía
directamente, esos chamanes llegaron al hecho
energético de que el cosmos entero está compuesto por
fuerzas gemelas que, al mismo tiempo, son opuestas y
complementarias entre sí. llamaron a estas dos fuerzas
energía animada y energía inanimada.
Vieron que la energía inanimada no tiene conciencia.
Para los chamanes, la conciencia es una condición
vibratoria de la energía animada. Don Juan dijo que
los chamanes del México antiguo fueron los primeros en
ver que todos los organismos de la Tierra son
poseedores de energía vibratoria. Los llamaron seres
orgánicos, y vieron que es el propio organismo el que
establece la cohesión y los límites de tal energía.
Vieron también que existen conglomerados de energía
animada vibratoria que tienen cohesión propia, libre
de las ataduras de un organismo. Los llamaron seres
inorgánicos, y los describieron como cúmulos de
energía cohesiva, invisible al ojo humano, una energía
que es consciente de sí misma y que posee una unidad
determinada por una fuerza aglutinante diferente a la
fuerza aglutinante de un organismo.
Los chamanes del linaje de don Juan vieron que la
condición esencial de la energía animada, orgánica o
inorgánica, es convertir la energía del universo en
general en datos sensoriales. En el caso de los seres
orgánicos, estos datos sensoriales son a su vez
transformados en un sistema de interpretación, en el
cual se clasifica la energía en general y se asigna
una respuesta dada a cada clasificación, cualquiera
que ésta sea. La aseveración de los videntes es que,
en el reino de los seres inorgánicos, los datos
sensoriales en que los seres inorgánicos transforman
la energía en general deben ser, por definición,
interpretados por ellos en cualquier forma, por
incomprensible que sea.
De acuerdo con la lógica de los chamanes, en el caso
de los seres humanos, el sistema para interpretar los
datos sensoriales es su cognición. Sostienen que la
cognición humana puede ser interrumpida temporalmente,
ya que es simplemente un sistema de taxonomía, en el
que las respuestas han sido clasificadas junto con la
interpretación de datos sensoriales. Cuando ocurre
esta interrupción, afirman los videntes que la energía
puede ser percibida directamente como fluye en el
universo. Los videntes describen el percibir energía
directamente como si diera el efecto de verla con los
ojos, aunque los ojos intervienen sólo en forma
mínima.
Percibir energía directamente les permitió a los
chamanes del linaje de don Juan ver a los seres
humanos como conglomerados de campos de energía, que
tienen la apariencia de esferas luminosas. El observar
a los seres humanos de tal forma, les permitió a
aquellos chamanes llegar a conclusiones energéticas
extraordinarias. Notaron que cada una de esas esferas
luminosas está conectada individualmente a una masa
energética de proporciones inconcebibles que existe en
el universo; una masa a la que llamaron el oscuro mar
de la conciencia. Observaron que cada esfera
individual está unida al mar oscuro de la conciencia
en un punto que es aún más brillante que la misma
esfera luminosa. Estos chamanes llamaron a ese punto
de unión el punto de encaje porque observaron que es
en ese lugar donde ocurre la percepción. El flujo de
la energía en general se convierte, en ese punto, en
datos sensoriales, y esos datos son entonces
interpretados como el mundo que nos rodea.
Cuando le pedí a don Juan que me explicara cómo
ocurría este proceso de convertir el flujo de energía
en datos sensoriales, me contestó que lo único que los
chamanes saben al respecto es que la inmensa masa de
energía llamada el oscuro mar de la conciencia les
proporciona a los seres humanos todo lo necesario para
producir esta transformación de energía en datos
sensoriales, y que tal proceso jamás podría ser
descifrado debido a la vastedad de esa fuente
original.
Lo que descubrieron los chamanes del México antiguo
cuando enfocaron su ver en el oscuro mar de la
conciencia fue la revelación de que todo el cosmos
está compuesto por filamentos luminosos que se
extienden infinitamente. Los chamanes los describen
como filamentos luminosos que se dirigen en todas
direcciones sin jamás tocarse el uno al otro. Vieron
que son filamentos individuales y que, sin embargo, se
agrupan en masas de tamaño inconcebible.
Aparte del oscuro mar de la conciencia, otra de tales
masas de filamentos que observaron los chamanes y que
les gustó por su vibración era algo que llamaron
intento, y al acto de cada chamán de enfocar su
atención en tal masa le llamaron intentar. Vieron que
el universo entero era un universo de intento, y para
ellos el intento era el equivalente de inteligencia.
Por lo tanto, el universo era, para ellos, un universo
de inteligencia suprema. La conclusión a la que
llegaron y que se convirtió en parte de su mundo
cognitivo fue que la energía vibratoria, consciente de
sí misma, era en extremo inteligente. Vieron que la
masa de intento en el cosmos era responsable de todas
las mutaciones posibles, todas las variaciones
posibles que ocurrieron en el universo, no a causa de
circunstancias ciegas y arbitrarias, sino debido al
intentar ejecutado por la energía vibrante, al nivel
del flujo de la energía misma.
Don Juan señaló que en el mundo de la vida cotidiana
los seres humanos utilizan el intento y el intentar en
la forma en que interpretan al mundo. Don Juan, por
ejemplo, me alertó sobre el hecho de que mi mundo
cotidiano no estaba regido por mi percepción sino por
la interpretación de mi percepción. Me dio como
ejemplo el concepto de universidad, que en aquel
momento era un concepto de suprema importancia para
mí. Dijo que universidad no era algo que pudiera
percibir con mis sentidos, porque ni mi vista, ni mi
sentido del oído, ni mi sentido del gusto, ni mi
sentido del tacto o del olfato me daban idea alguna
acerca de universidad. Universidad ocurría únicamente
en mi intentar, y para construirla allí tenía que
hacer uso de todo lo que sabía como persona
civilizada, de manera consciente o subliminal.
El hecho energético de que el universo está compuesto
por filamentos luminosos dio origen a la conclusión de
los chamanes de que cada uno de esos filamentos que se
extienden infinitamente es un campo de energía.
Observaron que los filamentos luminosos o, más bien,
campos de energía de tal naturaleza, convergen en y
pasan a través del punto de encaje. Dado que se
determinó que el tamaño del punto de encaje era
equivalente al de una pelota de tenis, sólo un número
finito aunque extremadamente grande de campos de
energía converge en y pasa a través de ese punto.
Cuando los videntes del México antiguo vieron el punto
de encaje descubrieron el hecho energético de que el
impacto de los campos de energía que pasan a través
del punto de encaje era transformado en datos
sensoriales; datos que luego eran interpretados como
la cognición del mundo de la vida cotidiana.
Aquellos chamanes explicaron la homogeneidad de
cognición entre los seres humanos por el hecho de que
el punto de encaje de toda la raza humana está
localizado en el mismo lugar en las esferas
energéticas luminosas que somos: a la altura de los
omóplatos, a la distancia de un brazo tras ellos y
contra el borde de la esfera luminosa.
Su ver-observar del punto de encaje llevó a los
videntes del México antiguo a descubrir que el punto
de encaje cambiaba de posición bajo condiciones de
sueño normal, o de extrema fatiga, o de enfermedad, o
por la ingestión de plantas psicotrópicas. Aquellos
chamanes vieron que cuando el punto de encaje estaba
en una nueva posición, un haz diferente de campos de
energía pasaba a través de él, forzando al punto de
encaje a convertir esos campos de energía en datos
sensoriales, y a interpretarlos, dando como resultado
un verdadero mundo nuevo a percibir. Aquellos chamanes
sostuvieron que cada mundo nuevo que surge de tal
manera es un mundo omniabarcante, diferente al mundo
cotidiano, pero extremadamente parecido a él por el
hecho de que uno podría vivir y morir en él.
Para los chamanes como don Juan Matus, el ejercicio
más importante de intentar implica el movimiento
volitivo del punto de encaje para alcanzar puntos
predeterminados en el conglomerado total de campos de
energía que compone al ser humano, es decir, que a
través de miles de años de indagación los videntes del
linaje de don Juan descubrieron que existen posiciones
claves dentro de la totalidad de la esfera luminosa
que es un ser humano, donde se puede situar el punto
de encaje y donde el bombardeo resultante de los
campos de energía sobre él puede producir un mundo
nuevo completamente verdadero.
Don Juan me aseguró que era un hecho energético que la
posibilidad de viajar a cualquiera de esos mundos, o a
todos ellos, es el legado de todo ser humano. Dijo que
esos mundos estaban allí para ser interrogados, como
preguntas que en ocasiones están rogando ser
formuladas, y que todo lo que el vidente o el ser
humano necesitaban para alcanzarlos era intentar el
movimiento del punto de encaje.
Otro asunto relacionado con el intento pero
transpuesto al nivel del intentar universal, era, para
los chamanes del México antiguo, el hecho energético
de que el universo mismo continuamente nos empuja,
tira de nosotros y nos pone a prueba. Para ellos, era
un hecho energético que el universo en general es
predatorio al máximo, pero no predatorio en el sentido
en que entendemos el término: el acto de saquear o
robar, o de herir o explotar a los demás en provecho
propio. Para los chamanes del México antiguo, la
condición predatoria del universo quería decir que el
intentar del universo es estar constantemente poniendo
a prueba a la conciencia. Vieron que el universo crea
un número inconcebible de seres orgánicos y un número
inconcebible de seres inorgánicos. Al ejercer presión
sobre todos ellos, el universo los fuerza a acrecentar
su conciencia, y de esta forma el universo trata de
hacerse consciente de sí mismo. En el mundo cognitivo
de los chamanes, por ende, la conciencia es la
cuestión final.
Don Juan Matus y los chamanes de su linaje
consideraban a la conciencia como el acto de estar
deliberadamente consciente de todas las posibilidades
perceptivas del ser humano, no sólo de las
posibilidades perceptivas dictadas por cualquier
cultura dada, cuyo papel parece ser el de restringir
la capacidad perceptiva de sus miembros. Don Juan
sostenía que el hecho de soltar o liberar el total de
la capacidad perceptiva de los seres humanos no
interferiría en forma alguna con su conducta
funcional. De hecho, la conducta funcional se
convertiría en un asunto extraordinario, puesto que
adquiriría un valor nuevo. Bajo estas circunstancias,
función se transforma en una necesidad de lo más
exigente. Libre de idealidades y de pseudometas, el
hombre sólo tiene a la función como su fuerza
guiadora. Los chamanes le llaman esto impecabilidad.
Para ellos, ser impecable significa hacer todo lo
mejor que uno pueda, y un tanto más. Derivaron función
a partir de ver energía directamente como fluye en el
universo. Si la energía fluye de cierta manera, el
seguir del flujo de la energía es, para ellos, ser
funcional.
Función, por ende, es el común denominador por medio
del cual los chamanes se enfrentan a los hechos
energéticos de su mundo cognitivo.
El ejercicio continuo de todas las unidades de la
cognición de los chamanes les permitió a don Juan y a
todos los chamanes de su linaje llegar a conclusiones
energéticas extrañas que a primera vista parecen ser
pertinentes sólo a ellos y a sus circunstancias
personales, pero que al ser examinadas minuciosamente
podrían aplicarse a cualquiera de nosotros.
Según don Juan, la culminación de la búsqueda de un
chamán es algo que él consideraba el hecho energético
más esencial, no sólo para los videntes, sino para
cada ser humano sobre la Tierra. Lo llamaba el viaje
definitivo.
El viaje definitivo es la posibilidad de que la
conciencia individual, acrecentada hasta el límite por
la adherencia del individuo a la cognición de los
chamanes, pudiera mantenerse más allá del punto en que
el organismo es capaz de funcionar como una unidad
cohesiva, es decir, más allá de la muerte. Esta
conciencia trascendental fue comprendida por los
chamanes del México antiguo como la posibilidad de que
la conciencia de los seres humanos fuera más allá de
lo conocido para llegar, de esta forma, al nivel de la
energía que fluye en el universo. Para los chamanes
como don Juan Matus su búsqueda consistía en llegar a
ser, al final, un ser inorgánico, es decir, energía
consciente de sí misma, actuando como una unidad
cohesiva, pero sin un organismo. Llamaron a este
aspecto de su cognición libertad total, un estado en
el que existe la conciencia, libre de las imposiciones
de la socialización y de la sintaxis.
Estas son las conclusiones generales que se han
extraído a partir de mi inmersión en la cognición de
los chamanes del México antiguo.
Años después de la publicación de Las enseñanzas de
don Juan: una forma yaqui de conocimiento me di cuenta
de que lo que don Juan me había ofrecido era una
revolución cognitiva total. En mis obras subsiguientes
he tratado de dar una idea de los procedimientos para
efectuar esta revolución cognitiva. En vista de que
don Juan me estaba familiarizando con un mundo vivo,
los procesos de cambio en tal mundo nunca cesan. Las
conclusiones, por lo tanto, son sólo dispositivos
mnemotécnicos o estructuras operacionales que sirven
como trampolines para saltar hacia nuevos horizontes
de cognición.

Carlos Castaneda

Nota importante: este texto fue tomado de la Tercera
reimpresión 2004, del Fondo de Cultura Económica,
México.

Facilitado por: Yeitekpatl

1 Comments:

Blogger Paul said...

Muchas Gracias! Justo estaba buscando esto, me mataba escribirlo todo del libro y mi scanner no funciona.

Buenismo el extracto. Castaneda es imprecionante.

octubre 22, 2007 3:11 a. m.  

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